La fragilidad de nuestros lagos y playas

El verano ha vuelto a poner en evidencia una realidad que muchos preferirían ignorar: los ecosistemas lacustres y los bordes costeros de Chile están en riesgo. Lo que a simple vista puede parecer un problema de calidad del agua es, en realidad, un síntoma de un deterioro más profundo que afecta la salud pública, la biodiversidad y la economía local ligada al turismo. Las altas temperaturas registradas este año no solo intensifican procesos naturales, sino que aceleran ciclos de contaminación que ya venían gestándose por años de presión antrópica y gestión insuficiente.

La degradación se manifiesta en dos frentes que conviene entender como partes de un mismo problema. En la columna hídrica de los lagos, la combinación de exceso de nutrientes y calor favorece la proliferación de microalgas y cianobacterias, con la consiguiente producción de cianotoxinas que obligan a activar protocolos de emergencia en playas y sectores recreativos. Al mismo tiempo, la disminución del oxígeno disuelto por efecto térmico moviliza nutrientes desde los sedimentos, alimentando un ciclo de eutrofización que en casos extremos ha provocado mortalidad de fauna y olores de descomposición que afectan la calidad de vida de las comunidades ribereñas.

Servicios: